Amores naturales
Muchas veces me he preguntado si, empeñándonos en encontrar ese amor pasional, nos estamos perdiendo algo más valioso por el camino.
Yo me he medio-enamorado de esa manera tranquila un par de veces. La primera vez fue de una compañera de trabajo. Sucedió sin querer. Un día te tomas un café, otro día otro, luego terminamos buscándonos todos los días para tomar café, yendo al despacho del uno, del otro, y hablando de todo. Te das cuenta de que lo mejor del día es el rato que pasas con ella. Y no pasamos de las conversaciones porque yo estaba casado, tenía hijos y ni se me pasaba por la imaginación engañar a mi ex. En realidad, no me di cuenta de lo que sentía por ella hasta que cambié de trabajo y supe cuánto la echaba de menos. Menos mal que cuando me separé yo ya vivía en otra ciudad y ella se había casado con otra persona, que si no…
La segunda vez ya estaba separado. Nos presentó un amigo común (lo típico de “mi mujer tiene una amiga que…”) y resultó que teníamos muchísimas cosas en común. Nos comprendíamos a la perfección, casi sin hablarnos. En nuestra primera cita, cenando con la otra parejita, ya nos dijimos eso de “parece que nos conozcamos de toda la vida.” Cuando llevábamos un mes de relación parecía que ya llevábamos veinte años casados. El sexo, lógicamente, era bueno, pero sin pasión. A los tres meses la dejé. Yo venía de una relación muy tormentosa, muy pasional y, no es que echara de menos a la otra persona (que me tenía muy dolido todavía) pero sí tenía dentro ese gusanillo de la pasión, esa ansia por el arrebato, por el frenesí, incluso por el padecimiento, esa lujuria que tiene el hacer el amor con dolor, con rabia, con furia… y pensaba que “el amor” era eso, y no la naturalidad con la que me encontraba a gusto con mi amiga. Me pareció que no estaba lo suficientemente enamorado de ella, que no estaba siendo honesto, se lo dije (qué mala es la honestidad en exceso) y la dejé. Con los años me arrepentí y me di cuenta de mi error pero ella, lógicamente, me mandó a hacer puñetas.
No me cabe duda de que las relaciones más pasionales de mi vida me han dado los mayores momentos de éxtasis, pero también me han dejado las mayores cicatrices. Y de las otras relaciones, puedo decir que, una vez que han pasado los años, son de las que mejor recuerdo guardo. Las pasionales estuvieron bien, pero nunca volvería a ellas. Una vez terminadas y superado el dolor, se agotan en sí mismas. Las otras... siempre volvería a ellas. Aunque no fueron tan intensas, siempre están ahí.
Afortunadamente, creo que será difícil que vuelva a enamorarme “pasionalmente” en lo que me queda de vida. La madurez te da estas cosas. Al fin y al cabo, el “enamoramiento”, esa idolatría de otra persona hasta el punto de considerar que su vida es más importante que la tuya es pecado de adolescencia, en el que se puede caer brevemente como locura de madurez, pero es una actitud que, si es persisente, revela falta de personalidad. Está bien dejarse llevar un ratito, o un par de días, o un par de semanas, pero el resto del tiempo mejor ser uno mismo.
El paso de los años no sólo tiene desventajas.
