Wednesday, November 29, 2006

Lecciones de una nueva ciencia

Acabo de leerme “La felicidad: lecciones de una nueva ciencia”, de Richard Layard, publicado en España en Taurus. Layard es un reputado economista británico, profesor de la London School of Economics, asesor del gobierno de su graciosa majestad y además miembro de la cámara de los lords. Un tipo poco sospechoso de ser crítico con el “establishment” y con la economía capitalista en que vivimos.

El libro es divertidísimo. Después de doscientas páginas de erudición académica (brillante) y toneladas de estudios, datos y cifras (como corresponde a un excelente economista), y que yo me miré por encima en poco más de media hora, el tipo llega a la conclusión de que en los últimos años el común de los occidentales es mucho más rico, pero no más feliz. ¡Nos ha jodido, Layard! Y, ¿qué nos falta? Según el aluvión de pruebas recopiladas por Layard (irrefutables) la fuente de la felicidad reside en una buena socialización, tener una buena relación de pareja, familia y amigos, un trabajo estable y medianamente gratificante, no tanto en lo económico como en lo emocional (reconocimiento, condiciones de trabajo, etc.) y en saber combinar esa estabilidad emocional, social y económica con una vida interior donde rijan los valores morales “de toda la vida”, aquello de “no hagas a los demás lo que no quieras para ti”, “vive y deja vivir”, “haz bien y no mires a quién”, etc. etc.

A mí me lo vas a contar, Layard. El sábado, que como con mi familia, voy a ser un rato feliz (me voy a echar unas risas) a tu costa. Y luego me voy a fumar un puro y me voy a echar una siesta de pijama y orinal, mira tú, sabiendo además que hay tantos estudios científicos que me avalan. Y la próxima vez que eche un polvo, me voy a arrear a mi amada con ganas. ¡Sin complejos, leñe! ¡Viva la ciencia económica!

Sin duda, el mérito del libro reside en demuestra “científicamente” lo que muchos sabíamos ya desde hace tiempo. Y, antes que nosotros, lo supieron nuestros padres, y nuestros abuelos. ¿Lecciones de una nueva ciencia? Lo que tú digas, Layard, pero aquí no hay nada nuevo, que Epicuro ya lo dejó escrito hace miles de años. Y ya entonces seguro que había gente que pensaba que era un estúpido por perder el tiempo escribiendo, en vez de estar practicando, aquello que los realmente sabios no necesitan que nadie les explique: que la felicidad reside en trabajar en algo que te guste o por lo menos que no te disguste, en tener una buena relación de pareja y de familia, en los amigos, en la buena comida, en el sexo guarrindongo con la persona que amas, en un buen libro, en un buen paseo, en una puesta de sol abrazando a tu pareja, en irte a la cama con la conciencia tranquila y con alguien a quien abrazar, y en levantarte al día siguiente feliz y contento porque te vas a ocupar ese día de las cosas que realmente importan y no de las tonterías de las que suele ocuparse tanta otra gente…

¿Y para este viaje hacían falta esas alforjas intelectuales y este aluvión de estudios económicos?

Eso sí, no esperes que te den el “nóbel” de economía por esto, Layard.

Los académicos, los intelectuales y los enconomistas en particular tienen cuestiones más urgentes a las que dedicarse antes de a la felicidad de la gente.

Monday, November 27, 2006

Tot el camp (plas, plas, plas) és un clam (plas, plas, plas)

Pues sí, somos ya una multitud enardecida los que pedimos a gritos un cambio de fondo en los valores bobalizadores que se imponen a la juventud en la educación de hoy en día. Los profesores, y los padres, que escuchamos atónitos lo que nos cuentan nuestros hijos cuando vuelven del instituto sobre el comportamiento de sus compañeros en las aulas. Reproduzco un extracto de un artículo publicado en el último número de “Archipiélago” que ha llegado a mis manos. Sé que lo he leído antes en la red, pero no recuerdo dónde.

Extraído de “Conclusiones y Premisas”, de Alberto Adsuara Vehí, publicado en Archipiélago 7/2006:

Después de 16 años retirado de la docencia he vuelto a dar clases. Mismo tipo de alumnado: misma edad, mismos fines: vivir de aquello para lo que estudian, en este caso, del diseño gráfico. Finalizado el curso 2005-2006 mis penúltimas palabras a ese alumnado fueron: “Si hubiera tenido que exigiros lo que exigía hace 16 años os habría tenido que suspender a todos”. Respuesta: oídos sordos.
(…)
Muy probablemente se me diga que nunca como ahora los jóvenes gozan de un elevado y confortable nivel de vida en los países desarrollados. Seguramente me lo dirán los optimistas. Y seguramente tienen razón porque nunca como ahora los jóvenes han tenido tantas facilidades. Los jóvenes de ahora sólo tienen motivos para ser felices. En la infancia les enseñan expresión corporal y conocimiento del medio. Nada que fuerce su memoria, no vaya a ser que el esfuerzo pueda causar traumas psicológicos en algunos (y después denuncien al profe) o promueva agravios comparativos en otros (y después denuncien al profe). En la adolescencia no les faltará de nada: tecnología puntera, parques temáticos, televisión e Internet a manta. Y por si faltara poco, unos padres que actúan exactamente igual que ellos (esperando desesperadamente el fin de semana para irse de marcha y llegar ebrios a las tantas. Y esto no es más que la descripción de una realidad muy distinta a la que vivimos los de otra generación). No sabrán siquiera definir conceptos que usan a diario, pero tendrán facilidades para viajar a cualquier sitio y podrán acudir a las clases con chanclas y camiseta sport. Saben que definitivamente el Conocimiento no es llave de felicidad alguna.

Algo se mueve. Algo se mueve a lo grande. Si no me equivoco la conclusión de mi reflexión es que el Conocimiento está en decadencia si no es que está periclitado totalmente. Conocer (adquirir conocimientos) no es garantía de nada para los descreídos jóvenes. Saben, porque lo comprueban a diario, que aquellos que han dedicado su vida a conocer apenas saben nada (además, si algo reivindican los sabios es, lógicamente, su condición de ignorantes). Por eso los jóvenes han decidido no perder el tiempo y no saben ni siquiera definir conceptos elementales; ni falta que les hace. Saben que ahora todo es pasajero y circunstancial. Nada les indica que pueda ser importante lo que no exista en Internet y por eso no compran libros. Todo lo que necesitan se encuentra en Internet y tienen la absoluta seguridad que lo que necesitan para sobrevivir allí se encuentra. Los que sabemos que el Conocimiento está en otra dimensión ajena a Internet somos seres rancios y obsoletos para esa nueva juventud engreída y auto-suficiente. Esa juventud ya no se enfrenta, como fue habitual en otras eras, a la generación que les ha educado, puesto que su soberbia no tiene límites, y por ello se enfrenta a todas las generaciones anteriores, a todo el pasado, a toda la Historia. No quieren recordar, sólo quieren inventar y aunque les demuestres que a veces no inventan y que sólo rebuznan, no se preocupan porque saben que hasta eso puede rentabilizarse. Y todo se lo hemos enseñado nosotros: con la imposición metodológica de los estudios culturales, con la eliminación de la filosofía del sistema educativo, con la difusión de la cultura de la queja, con el desprecio hacia todo criterio de excelencia, con la imposición de la corrección política y con la exaltación de todo victimismo. Saben que todo es pasajero y que nada es verdadero y mucho menos definitivo: ni el amor, ni la ciencia, ni el arte, ni el deporte, ni el trabajo...

Soy un idiota: tras un esfuerzo que ha sido producto de una dilatada experiencia, constantes lecturas y muchas reflexiones he llegado a una conclusión que para los jóvenes no es más que una premisa. Una simple premisa, una premisa simple.

Thursday, November 23, 2006

La muerte de las imágenes y de los conceptos (II)

Al igual que las imágenes deberían ser destruidas pasado cierto tiempo, las palabras y los conceptos deberían tener fecha de caducidad.

La imprenta ha sido a los discursos lo que la fotografía a la imagen. La palabra impresa, el libro, hace que se fijen términos, definiciones, conceptos y discursos que, de otra manera, habrían evolucionado, incluso desaparecido, más rápidamente. De la misma manera que los idiomas ya no cambian tan rápidamente desde la erradicación del analfabetismo y, sobre todo, la extensión de los medios “de comunicación”, tampoco evolucionan las definiciones y, peor todavía, ya no se crean términos nuevos que permitan la definición de nuevas realidades.

Un ejemplo cualquiera: el término “nación”. Indudablemente, un término y un concepto que, en la era del capitalismo transnacional, de las comunicaciones globales, de la multiculturalidad, de internet, etc. desde luego no puede tener el mismo significado que en el siglo XIX. Pero, como el concepto sigue ahí, se sigue usando (con intereses bastardos, por supuesto). La “nación española”, la “nación catalana”, la “realidad nacional” andaluza, son puras entelequias. Y, sin embargo, ¿tendremos que encontrar nuevos términos para definir las diferencias entre, por ejemplo, Cataluña y el resto de España? Probablemente sí. Pero no será en términos “nacionales”. Y quien lo hace no sólo falta a la realidad y usa un concepto que hace décadas que no tiene sentido en Europa, sino que además lo hace con una agenda oculta…

Quienes más sufren la extensión de la fecha de caducidad de los términos y los conceptos es la izquierda, que para eso ha disfrutado siempre de un enorme aparato discursivo e ideológico. Cada vez que oigo a un sindicalista hablar de “los trabajadores y las trabajadoras” o, peor todavía, “los asalariados y las asalariadas”, me quedo en estado de “shock”. El mismo discurso, los mismos términos, que hace ciento cincuenta años, cuando las sociedades avanzadas (no España) se componían de unos pocos capitalistas, una pequeña “clase media” de comerciantes y profesionales liberales y un enorme número de “trabajadores asalariados” que vivían en condiciones paupérrimas. ¡Por favor! En el siglo XXI, hasta los grandes ejecutivos son “asalariados”, los trabajadores con menos sueldo son ahorradores e inversores en Bolsa, los trabajadores manuales muchas veces ganan más que los profesionales liberales con título universitario, y los más desposeídos no son ni “trabajadores” ni “asalariados”. ¿Quiere decir esto que deja de tener sentido el debate político? ¡Por supuesto que no! Pero el debate ya no tiene sentido usando términos como “izquierda” o “derecha”, por lo menos no en el sentido tradicional, habrá que buscarles a esos términos nuevos significados o encontrar términos nuevos que definan mejor nuestra realidad.

Y podría seguir dando montones de ejemplos…

El trabajo principal de un intelectual, de cualquier rama del conocimiento, consiste en definir la realidad. Y, si además ese intelectual es “progresista”, en el sentido tradicional del término, en transformarla. Pero a menudo se olvida que, para definir, hay que encontrar los términos adecuados y, si es necesario, destruir los viejos y crear nuevos. Derribar para construir. Lo otro, repetir “a marchamartillo” viejos conceptos aplicándolos a nuevas realidades no tiene ningún mérito intelectual.

Pero qué duda cabe que es lo que mejor encaja en el aparato mediático actual, el “infotenimiento” (pseudo-información descontextualizada, des-ideologizada, des-culturalizada, y servida en forma de entretenimiento) que se practica en los “medios de comunicación” del siglo XXI. Hace pensar menos.

P.D.: la banda sonora que no he podido conseguir para este “post”: “Brigada de Demolición”, del “Aviador Dro”.

Sunday, November 19, 2006

La muerte de las imágenes y de los conceptos (I)

Hace unos días me puse a repasar viejos álbumes de fotos con mis hijos. Ya tienen esa edad en la que empiezan a interesarse por quién es quién en la familia o, mejor dicho, por quién fue quién, porque muchas de las fotos eran de personas que ellos ya no han conocido. Me sentí extraño al mostrarles los rostros de personas que han sido muy importantes en mi vida y de los que ellos no van a conocer prácticamente nada. Sólo unas caras. No queda ya nadie vivo de la generación de mis abuelos, y en cada funeral he sentido la tragedia de ser consciente de que con cada una de sus muertes desaparecían para siempre un montón de experiencias, de sabiduría, de historias que contar, de modos de ver la vida, todo ello en conjunto mucho más valioso que cualquier gran obra de la literatura o el arte universal y, sobre todo, un saber que podría aprovechar muy bien a nietos, bisnietos y tataranietos… y de todo ello lo único que queda es una foto en blanco y negro de un abuelo, con su boina, mirando con cara de pasmado al objetivo de una cámara…

Y cuando les cuentas quién fue ése de la boina, qué hizo, cuál fue su guerra, mis hijos abren los ojos como platos. Parece increíble que ése, con esa cara de paleto, fuera el personaje de película que fue. Y eso que sólo les cuento la guerra, tantas otras cosas hay que no les cuento, y tantas otras que yo ya no sé… pero todo se pierde y se perderá. Mis nietos probablemente ya no sabrán nada de todo eso. Y mis bisnietos tendrán esta foto guardada en una cajón.

No pude evitar pensar en mí. Con suerte, mis hijos mostrarán fotos mías a mis bisnietos, y podrán contarles algo de cómo fui. Mis tataranietos, en el siglo XXII, heredarán un montón de fotos, mías y de mi familia y, en vez de preguntarse quiénes eran esa gente, mirarán divertidos los transfondos de las fotos, los objetos que eran cotidianos en el siglo XX y las ropas que vestíamos. Mi familia, mis amigos, toda la gente que ha sido importante para mí, todos esos pozos de sabiduría, yo mismo, no significaremos nada para ellos. Nada de lo que pensamos, nada de lo que sentimos, nada de lo que vivimos, permanecerá: tan sólo nuestra imagen en una fotografía.

Me pregunto si no podría hacer que todas mis fotos se destruyeran cuando ya nadie me recuerde. Sé que todo lo mío y todo lo que he sido desaparecerá, y lo acepto de buen grado, pero no soporto la idea de que, cuando ello haya sucedido, queden de mí las imágenes: un niño de cinco años en pantalón corto, uno muy guapo de primera comunión, aquel verano en el pueblo, la foto de la orla en la universidad…y no es justo, no es justo, acepto que todo lo mío sea olvidado, pero no acepto que quede de mí la imagen de mi cara, las ropas que visto, el televisor del fondo, mi corte de pelo, y que unos desconocidos miren todo eso y hagan falsas interpretaciones sobre quién fui y qué viví y, peor todavía, que se echen unas risas. Mis tataranietos, como nosotros, pensarán que ellos han inventado el mundo, y que todos quienes les precedieron eran unos ignorantes que vivieron una vida de gilipollas.

Las imágenes deberían morir, como las personas. Porque las imágenes mienten o, cuando menos, sólo cuentan una pequeñísima parte de la realidad. Y, en una cultura que da tanta relevancia a la imagen, no es justo que el pasado de las personas se reconstruya a partir de un puñado de fotos, no es justo que nadie piense que puede conocer algo de nadie por muchas imágenes que puedan quedar de él. Quizás sería más justo y desde luego intelectualmente más productivo si a mis tataranietos, en vez de darles unas fotos mías, mis nietos les dijeran: "no habéis conocido a mi abuelo. No sabéis, ni sabréis, nada de él. Lo único que puedo deciros es que fue una persona como vosotros. Como vosotros fue niño, luego adolescente, tuvo vuestros mismos problemas, su primera novia, su primer polvo, su primer desengaño… y, como vosotros, se buscó la vida., y quizás él encontró las mismas soluciones a sus problemas que vosotros encontraréis dentro de muchos años. Y murió, al igual que moriréis vosotros, y ha sido olvidado, al igual que lo seréis vosotros." Quizás esa lección sea de mucho más provecho a mis tataranietos que que piensen que yo fui ese gilipollas con ropas ridículas que mira con cara de circunstancias al objetivo de una cámara de fotos.

Por lo menos les haría pensar.

Thursday, November 16, 2006

Actos de amor

Crecí en una familia donde el amor se daba por supuesto. Mis padres llenaban mi vida de actos de amor, y yo nunca pude ni imaginar que la vida pudiera ser de otra manera. Nunca me hizo falta que me dijeran que me querían, porque nunca me demostraron lo contrario, jamás hubo un acto de desamor en mi vida, jamás cruzó mi mente la posibilidad de que ello fuera posible, y por ello las palabras entre nosotros siempre sobraron. Lo obvio no necesita descripción.

En mi vida adulta tardé en comprender que el mundo funcionaba de distinta manera. Los actos de amor no pueden darse por supuestos. Peor todavía: hay gente que te dice que te quiere, y uno podría esperar de ese énfasis, de esas dos palabras que nunca oí de mis padres, un amor todavía mayor, más intenso, pero luego no lo demuestran. Actos de desamor, aunque te digan que te quieran: qué difícil me resultó comprender que ello fuera posible. Finalmente aprendí la lección: quien te quiere, te lo diga o no, te lo demuestra. Actos de amor. Y quien no te quiere, diga lo que diga, también te lo demuestra. Actos de desamor.

Me pregunto cómo será la vida para los que crecieron en familias donde les decían que les querían, al revés que la mía, o donde asumían implícitamente que eran queridos, como uno siempre espera de sus padres, pero recibían constantemente actos de desamor.

Qué lecciones habrán tardado ellos en aprender en la vida.

Monday, November 13, 2006

Amor real

Él: "Te quiero"

Ella: "Y ... ¿por qué me quieres?"

Él: "No sabría decírtelo.... no es nada en particular. Te quiero por todo. Te quiero así, como eres. Me encantas. Me fascinas. Te quiero por cómo eres, eso es... te quiero como eres..."

Ella: "¿Que me quieres por cómo soy, así, por mi manera de ser? ¿Cómo puedes quererme así? ¡Eres un degenerado! ¡Cabrón, que eres un cabrón! ¡Lárgate, vete de mi vista, cacho capullo!"

Moraleja: sólo si uno está muy seguro de sí mismo y de su realidad se puede estar realmente enamorado.

Wednesday, November 08, 2006

Servicios Higiénicos Transportados

En esta pequeña ciudad en la que vivo y que por pudor me resisto a nombrar (aunque si me lee algún vecino la va a reconocer inmediatamente) se ha puesto en marcha un nuevo programa para paliar la semptinera falta de servicios públicos. Y no me estoy refiriendo a la educación, la sanidad y los transportes… no: estoy hablando de los simples y humildes cagaderos.

Es un problema común en toda España. Vas por la calle, te entra un apretón, y tienes que entrar corriendo a un bar, hacer una consumición y luego, como el que no quiere la cosa, pasar al servicio para plantar un pino. No hay lugares públicos donde pasar ese rato tan entretenido. Aquello que nos decían los maestros de que "hay que salir de casa meao y cagao" para impedirnos salir de clase a darnos una vueltecita es todavía más cierto en nuestra edad adulta. Peor todavía es el caso de los ancianos que padecen de la próstata, y a los que te encuentras meando en cualquier esquina, con algún perro callejero esperando a sus espaldas para olisquear la micción. Y los ayuntamientos excusan la falta de excusados amparándose en lo cara que resulta su higiene y mantenimiento. Pues bien, el consistorio de ésta mi pequeña capital de provincia ha dado con una solución buena, bonita y barata: el "Servicio Higiénico Transportado", popularmente conocido como "cacamóvil".

Se trata de una furgoneta de grandes dimensiones que alberga en su interior unos retretes. La furgoneta va "apatrullando" la ciudad, en busca de usuarios, que solicitan sus servicios alzando la mano, como si de un taxi se tratara. Además de sus patrullas, la furgoneta tiene paradas fijas programadas en los parques y las plazas donde se congregan los ancianos, que reciben su llegada como si del gran acontecimiento del día se tratara. Dentro se encuentran a una amable encargada, que les indica qué retretes están libres, les proporciona papel e incluso una revista a aquellos que la necesitan o solicitan. A la salida se acostumbra a dejar una propinilla en un plato a la encargada, que es además la persona que mantiene las instalaciones limpias. Por último, es también posible solicitar una prestación de urgencia al "Servicio Higiénico Transportado", mandando un "sms" a un número con las siglas SHT (si yo hubiera sido alcalde, las siglas habrían sido "caca") seguido de la calle y el número donde se encuentra la persona que necesita hacer una deposición. Limpio, rápido, barato y para todos. ¿Se puede pedir más?

Pues la noticia de hoy en el periódico es que el servicio está dando problemas. Por un lado, hay quien está abusando del "sms", en particular los fumadores que salen a las puertas de las empresas a fumar y aprovechan para llamar al "caca" y echarse una cagadita, haciendo un mal uso de las urgencias sanitarias ( y de su tiempo para fumar). Los de la asociación de bares y cafeterías ya han planteado una protesta formal al ayuntamiento, argumentando que el "cacamóvil" les quita negocio, que ya han perdido beneficios porque no pueden vender tabaco ni permitir fumar, y los cagones entran menos a los bares. Luego están los que usan el "cacamóvil" como taxi: parece que hay usuarios recurrentes que se conocen las rutas y que alegan urgencias intestinales para pararlo en plena calle, subirse, coger su revista, sentarse en el trono, y esperar a que llegue al destino apropiado. Hay comentarios también acerca de las personas que han sido contratadas para llevar a cabo el servicio: las feministas protestan porque la limpiadora es una mujer (y además inmigrante) y no un varón. Ésta, por su parte, ha cometido varias negligencias al haber olvidado a abuelos en sus cúbiculos y haberlos transportado de un barrio a otro mientras estaban en el trono, con la consiguiente sorpresa de los clientes al salir a la luz. Por último, el conductor, militante del partido del gobierno municipal, ha tenido que defenderse públicamente de acusaciones de haber vaciado los depósitos de los retretes en desagües muy cercanos a viviendas de los concejales de la oposición. El conductor se ha defendido aduciendo que "la ciudad no tiene instalaciones adaptadas para desagüar este tipo de transportes sanitarios, y cuando está lleno se desagüa donde pille".

En fin… yo tengo que admitir que, la primera vez que oí hablar de esto, me pareció una solemne majadería pero, ahora que veo la polémica que se ha montado por su mal funcionamiento, veo que es un servicio muy útil y popular. Incluso me estoy planteando hacerme usuario: vivo solo, me gusta tener el wc en perfecto estado de revista por si viene alguien, pero odio limpiarlo, por eso siempre cago en mi puesto de trabajo ( y porque, como decía un amigo, me gusta pensar que me cago en la empresa y además mi jefe me lo paga) y, si consigo superar mi sentido del decoro, creo que me haré el encontradizo en alguna de las rutas del "caca" o mandaré un "sms" con cara de estreñido… y a disfrutar.

Quién me hubiera dicho a mí que terminaría así. Qué cutre,planteándome las ventajas de cagar limpio y barato. Me debo de estar haciendo viejo.

Monday, November 06, 2006

Con el sudor de su frente

Este fin de semana mi hijo me preguntaba por qué gente que tiene tanto dinero como para vivir el resto de su vida, cientos, miles de millones de pesetas, gente que incluso puede dejar la vida resuelta a sus hijos y a sus nietos, sigue trabajando y quiere ganar todavía más dinero. En vez de dedicarse el resto de su vida a disfrutarlo.

Sucede que vivimos en un sitio pequeño donde se cumple el tópico de que “nos conocemos todos” y todos sabemos de las fortunas ajenas, y es habitual cruzarse por la calle con los millonetis del pueblo: constructores corruptores, políticos corruptos, capos del negocio de la droga y familias forradas “de toda la vida”. Gente a la que además pocas veces se la ve tomando el “vermouth” o derrochando su dinero, sino todo lo contrario: siempre atareados a la búsqueda de una oportunidad de negocio o de corrupción. Y claro, es normal que a mi hijo esos comportamientos le resulten extraños. ¿Por qué no disfrutan más de lo que tienen?

Podría decirle a mi hijo que no todo el mundo es así. Hace poco conocí a alguien, veintitantos años, que había heredado un negocio familiar, lo había vendido y planeaba vivir de las rentas el resto de su vida. Y también conozco el caso de un contrapariente mío, a quien mi hijo conoce, y a quien sus padres dejaron también muy bien provisto, que ha cogido el primer contrato laboral de su vida a sus cuarenta y tantos años, y sólo por dos motivos: para asegurarse una pensión de vejez (que nunca se sabe qué puede pasar) y para que su hija no lo vea como un bicho raro por no trabajar. El trabajillo, por otra parte, es en una biblioteca, con lo cual mi contrapariente va a seguir haciendo lo mismo que hacía hasta ahora: leer y cultivarse. Y yo mismo, sin ir más lejos, llevo varios años intentando trabajar lo menos posible, con resultados bastante satisfactorios. Pero no quiero darle estos ejemplos porque mi hijo no va a heredar ningún dinero de su familia y va a tener que trabajar mucho el resto de su vida para asegurarse cosas tan básicas como un techo bajo el que vivir, y no quiero crearle falsas expectativas sobre lo que le espera ahí afuera.

Lo único que se me ha ocurrido contestarle es que su padre lee mucho y que, por mucho que se haya leído todo lo que ha querido leerse, no puede evitar tener unas ganas irrefrenables de leerse todo lo que queda por leer. ¿Para qué quiero aprender más, si creo que sé todo lo que necesito saber, sé muchas cosas que no me aprovechan y nada de lo que pueda aprender a partir de ahora me hará más feliz? Pues no lo sé. Leer, para mí, es una actividad totalmente inútil. Y supongo que podría dedicar mi tiempo a algo que fuera más práctico: conseguir un mejor trabajo, ganar más dinero para comprar más cosas, quizás me podría gastar toda la pasta que ganara en casas de masajes, o viajar, también podría dedicarme a la política (a liderar una revolución, por ejemplo)... pero lo que me gusta, qué le voy a hacer, es leer. No lo puedo evitar. Y, de la misma manera que la cabra tira al monte, el borrego de su padre tira a la biblioteca. Beeee beeee beeee.

Y, por las mismas, el político va a la caza del poder, el contratista a la caza del político corrupto, el hombre de negocios a la caza del incauto, el mujeriego detrás del culo de la amiga de su mujer, el votante de erc sigue votando a Pérez… ninguno lo puede evitar. Mi hijo es un tipo bastante racional y le cuesta entender estos comportamientos irracionales, pero los humanos somos así, unos atapuercos con apariencia de sapiens que nos pasamos la vida intentando justificarnos a nosotros y a los demás nuestros comportamientos más irracionales. Sí, vale, algunos de los atapuercos nos creemos (vanidad, todo vanidad) más sapiens que el resto, tenemos un escala de valores y consideramos que es moralmente superior no hacer nada o incluso, si hay que hacer como que se trabaja, dedicarse a la poesía, que pasarse la vida como un esclavo del dinero, de la fama o de la vanidad del poder. Claro que buena parte de la población no comparte esa escala de valores y se pasa la vida amargada, pero yo tampoco tengo la culpa, si quieren trabajar, ¡que trabajen ellos! Y si trabajan mucho pero ganan poco dinero que hagan la revolución, leñe…

Pero no lo quiero contar a mi hijo esto. Es demasiado pronto. Por el momento quiero que se esfuerce lo más posible en sus estudios, por si acaso, y que de mayor que encuentre su propio camino. ¡Igual resulta que encuentra la felicidad en el mundo del trabajo, los negocios o las corruptelas y se convierte en uno de ésos a los que ahora no entiende, vaya usted a saber!

Thursday, November 02, 2006

Tirando cohetes

“Ay que guhtito pa´ mih orejaaaaaaaaah”

¡Joer, qué contento estoy, qué subidón!

Voy a hacer una excepción a mi auto-impuesta regla de no hablar de la farsa carnavalesca del politiqueo patrio, y la hago porque en esa farsa se ha introducido, de repente, un elemento des-bobalizador: ¡Ciutadans!

¡Qué bien, qué bien, pero qué bien!

Muchas cosas me gustan mucho de la creación e irrupción en la escena de “ciutadans”, pero me quedo con dos:

- Ya era hora de que alguien dijera lo obvio: es absolutamente imposible ser nacionalista y ser de izquierdas. Es una contradicción en sus propios términos. La definición, tan manida, de “izquierda nacionalista”, es un oxímoron, y quienes se la atribuyen unos cínicos y fascistas en la más pura tradición del radicalismo de derechas, que en España fue muy bien representada por el ala más radical de Falange Española (todavía están en ello, creo): un discurso aparentemente radical y rompedor pero sólo en lo formal, “izquierdoso” en apariencia, muy atractivo para los jóvenes (no nos engañemos, ERC son las juventudes radicales de CiU, como Batasuna lo son del PNV, la Chunta del PAR,…) pero que esconde una realidad social de sus militantes y una práctica política totalmente alejada, e incluso opuesta, a los principios básicos de la izquierda. Las “políticas de identidad”, los “ismos”, los “nacionalismos”, “feminismos”, etc. sólo son admitibles para la izquierda en condiciones de opresión muy concretas en la historia, y lo son para ser superadas, ¡no para ser sacralizadas como pretenden los nacionalistas! La única “política de identidad” que se puede permitir en el pensamiento de izquierda es la identificación con la clase social, ¡y eso sólo para terminar con las clases sociales!

- “Ciutadans” han demostrado que hay otra forma de hacer política. Mejor dicho, que hay una forma de boicotear al circo del politiqueo mediático y de dejar con el culo al aire a toda la trama farsaria que hay detrás, y a los poderes ocultos que representan. Y quién mejor que un comediante, Boadella, para mostrarnos a todos que el rey, los reyes del aparato político-mediático catalán, van desnudos. No han hecho falta ni caras campañas publicitarias, ni apuntarse a la bobalización de las consignas, los discuros, las vergonzantes campañas de “fóllate a la derecha”, “leche, cacao, avellanas, azúcar, etc. etc.”, los “y tú más”, “conmigo o contra mí”, “después de mí el diluvio”, etc. etc. a los que se ha reducido el guión de la opereta bufa política. Ha sido la inteligencia, el sentido común, la auténtica cultura (no la mediática, sino la cultura del saber, del estudio, de la profundidad intelectual, de la honestidad moral…) y unos cuantas personas armadas con un ordenador y un “blog”. “Ciutadans” supone la irrupción de la “blogosfera” en la política mediática española, y el estreno no ha podido ser mejor. Los imperios mediáticos que nos dominan son vulnerables. :-)

¡Estoy que me salgoooooooooooooooooooo!