Monday, October 30, 2006

Opinión y bobalización

Atención, les habla el señor bobalizador:

“Mi opinión vale tanto como la de cualquiera. En este país hay libertad de expresión, y lo que yo digo es tan válido como lo que diga cualquiera, cada uno tiene su opinión, por mucho que yo no haya estudiado no por eso mi opinión vale menos, yo conozco mis derechos, y mi opinión refleja mis intereses, ni más ni menos que la de otros, todo es relativo y opinable…”

La economía capitalista se caracteriza por la eliminación del concepto tradicional de valor. El valor de algo, dentro de una economía de mercado, no depende del coste de producción o su utilidad, sino de la ley de la oferta y la demanda, esto es, de lo que uno esté dispuesto a pagar por ello. Uno de los desarrollos más inesperados del capitalismo ha sido la extensión de este tipo de lógica de mercado a otros ámbitos, y especialmente sorprendente resulta la aplicación de los principios de la economía de mercado al ámbito del saber y de la opinión. En lo intelectual, la ley de la oferta y la demanda establece que cualquiera puede tener una opinión (oferta), y la calidad de la misma dependerá de la cantidad y calidad de respuestas que obtenga (demanda).

Los defensores de la economía de mercado aducirán que el mercado funciona. Lo cual es cierto: funciona, como mercado. Lo que ya no podrán aducir es que el mercado hace que los mejores productos sean los más vendidos, como bien sabemos todos, y sobran los ejemplos. Sin ir más lejos, la mayoría estamos ahora mismo usando un ordenador con “windows”, cuando desde siempre el “mac” ha sido mejor. Los consumidores en los mercados somos libres, cierto, pero no somos todos listos, ni quizás nos tomamos el tiempo necesario para considerar nuestras decisiones: el mercado funciona, pero el mercado es tonto e impredecible, como sabe cualquier economista o corredor de bolsa, porque los consumidores son en su mayoría tontos e impredecibles, como bien saben los especialistas en “marketing” y los publicistas.

Y, aún así, todavía hay gente que piensa que, como “tiene derecho” a opinar, al igual que “tiene derecho” a gastar su dinero, su opinión vale lo mismo que las demás, y en última instancia vale si tiene una buena audiencia, al igual que un producto de consumo vale lo que un posible comprador esté dispuesto a pagar. Ley de mercado, oferta y demanda, aplicada ¡a la inteligencia, a la formación, a la cultura!

Mirusté, señor bobalizador:

Si usted paga cien por un producto que sólo vale diez, esto es perfectamente normal y aceptable dentro de la lógica de mercado, pero no por ello deja de ser usted un estúpido.

Y si usted dice una estupidez, y otros diez mil le aplauden, está usted, y ellos, en su perfecto derecho, pero no por ello dejará de ser una estupidez lo que usted ha dicho. Ni porque millones y millones de personas vean boberías por la televisión dejarán de ser boberías, y nunca tendrán el mismo valor que esos otros programas que ven una selecta minoría.

Que ya lo dejó escrito Machado: “Todo necio confunde valor y precio”.

Opinar es gratis. Todas las opiniones tienen el mismo precio: cero. Pero el valor de las opiniones, por mucho que todas tengan el mismo precio, no es el mismo. Sin embargo, a medida que la bobalización avanza, valor y precio se equiparan cada vez más frecuentemente.

Y su opinión, señor bobalizador, no vale tanto como la de cualquiera, porque no todas las opiniones valen lo mismo: algunas son más válidas que otras. Aunque tengan todas, en esta sociedad "democrática" y de libertades, el mismo precio.

El consumidor inteligente, en la economía de mercado, medita mucho cada movimiento de su dinero. Y la persona inteligente medita mucho lo que dice antes de hablar, escucha más que habla, aprende de los que saben más… lo contrario, la confusión entre la libertad de palabra y el valor de lo que se dice, la relativización de todo valor, la aplicación de la ley de la oferta y la demanda a ultranza a la que nos ha llevado la locura de la economía capitalista en que vivimos, sólo puede llevar a una consecuencia: la bobalización.

Thursday, October 26, 2006

Televisión = bobalización

No entiendo por qué se queja la gente de la televisión. Esas quejas me dejan totalmente descolocado. Con lo fácil que es apagarla. Yo viví unos años sin ella, ahora tengo una para ver un canal extranjero que me entra por satélite, cada mañana miro lo que viene, programo el vídeo si hay algo que quiera ver, lo grabo. O no. Así de fácil. Y no tengo queja. Al contrario: mi agradecimiento a los contribuyentes de ese país que de vez en cuando me invita a ver algo interesante en la tele.

Pero, en cualquier caso, ¿qué se puede esperar de la televisión? Casi nada. Y, sin embargo, algunos piensan que la televisión podría ser un medio de comunicación, incluso de información, un instrumento de transmisión de cultura y conocimientos… error, craso error. Parece mentira que, habiéndose quedado tantas veces embobados delante de la pantalla, todavía haya tanta gente inteligente que no entienda cuál es la naturaleza del audivisual.

Cuando uno lee puede detener la lectura. Preguntarse por qué. Cuestionarse lo leído. Rebatirlo. Saltar mentalmente de una pregunta a otra. Divagar. Volver a la lectura. Confirmar la propia opinión, o cuestionar de nuevo lo que se lee. Volver a preguntarse, volver a darse respuestas, volver a divagar. Eso es la lectura. La lectura es, por su propia mecánica, un proceso reflexivo. La lectura es un proceso de diálogo con el texto, con el autor y, lo más importante, un proceso de diálogo con uno mismo.

Cuando uno ve televisión es imposible parar y hacerse preguntas. La televisión no se interrumpe ni permite que uno detenga el visionado y reflexione. Si uno se detiene a pensar se pierde lo que viene en los próximos diez segundos. Y eso no puede ser. La televisión no lo permite, porque se pierde el hilo conductor de la narración. Cuando uno ve, por ejemplo, las noticias con los niños, esta naturaleza cinética de la televisión queda siempre al descubierto: comienza la noticia y ellos empiezan “Papá, ¿por qué…?” y hay que interrumpirles con un “calla un momento, que no han terminado de dar la noticia”. Al final hay que dejar de ver la tele, explicar a nuestros hijos toda la noticia de cabo a rabo, y volver a mirar… pero nos hemos perdido la siguiente noticia. Nosotros, adultos con muchas horas de televisión a nuestras espaldas, ya no funcionamos así: simplemente, nos dejamos llevar por la kinesis de la información sin fin, nuestra mente, después de un rato de ver televisión, suspende su capacidad de respuesta crítica, se “desconecta” de sí misma para no perderse lo que viene a continuación y se deja llevar. Ver televisión es, por su propia mecánica, un proceso hipnótico que reduce la capacidad de reflexión a prácticamente cero.

No es un medio de comunicación sino de in-comunicación. Cuando uno conecta la tele se des-conecta de todo lo demás y, principalmente, de uno mismo: la mente tiende a quedarse en blanco y a dejarse llevar por la narrativa audivisual. De hecho, es lo que la mayoría de los televidentes sabe que va a obtener y quiere: relajarse, olvidarse de los problemas externos y de uno mismo, desconectar, dejarse llevar, tumbarse cómodamente y amodorrarse. No es casualidad que cada vez más gente vea la televisión en la cama. La tele, como todo el mundo sabe, adormece,ya sea con un programa del corazón, o una buena peli, o un documental, en mayor o menor medida (más bien en gran medida) siempre adormece. La velocidad de los mensajes que lanza hace que la capacidad crícita se desactive para poder absorber la sucesión de estímulos informativos, hace que la mente se ponga en modo “feed me” y que nos quedemos hipnotizados ante la “caja tonta”. Y esto lo sabemos todos. Entonces, ¿qué podemos esperar de la tele?

El que la programación sea cada vez más “tonta”, en este país y en cualquier otro, no se debe a ninguna conspiración del “Club de Bilderberg” ni de la “trilateral” para entontecer a la humanidad, sino a la propia naturaleza del medio: lo que mejor hace es desconectar mentes de sí mismas, aletargar la capacidad crítica de respuesta, lo que los programadores llaman “entretener” (yo me “entretengo” de otras maneras que no son amodorrantes) y por lo tanto es lógico que con el paso de las décadas la televisión se haya ido especializando en eliminar mensajes que pudieran ser pertubadores y se haya banalizado cada vez más. De lo que se trata es de hacer mantener la mirada en la pantalla y provocar a la vez un encefalograma lo más plano posible: hacer que la mente se evada, acercándose lo más posible, pero cuidándose mucho de no traspasar la línea del aburrimiento, pues ello nos haría otra vez re-conectarnos con nuestra vida, reflexionar y hacernos preguntas incómodas. La televisión, por su propia naturaleza, es un medio de evasión de nosotros mismos. Es lo que la televisión sabe hacer mejor, y en eso se ha especializado: hacer que los televidentes no caigan en el sanísimo aburrimiento que les llevaría a tener que enfrentarse a su propia vida pero a la vez dejando a la mente “al ralentí”, reducida a la mínima capacidad crítica y de reflexión posible.

Y eso es lo que hay. La televisión no tiene la culpa de ser tan tonta, como no la tiene el agua de estar húmeda y mojada. Y al que no le guste, que la apague, leñe, ojalá todos los problemas se resolvieran tan fácilmente. La humanidad ha pasado miles y miles de años sin tele y dedicando su tiempo libre a otras cosas: conversación, sexo, lectura, actividades físicas, reflexión en silencio, etc. Cada uno elige lo que más le conviene. Si quiere usted aumentar en el conocimiento de sí mismo o de lo que le rodea, lea, converse o reflexione. Si quiere usted mejorar su relación de pareja, folle. Y si quiere evadirse de todo, fúmese un porro o vea la tele, ya sea un documental sobre la vida sexual de las hormigas del Amazonas, la función de circo de la política parlamentaria o un interesantísimo debate sobre quién le baja las bragas a la Pantoja.

Pero por favor, vale ya de memeces: quejarse de que la televisión, que es un medio “tonto”, tiene una programación tonta, es el colmo de la tontería.

Monday, October 23, 2006

En el nombre de

“Good people will do good things, and bad people will do bad things. But for good people to do bad things – that takes religion”. (Stephen Weinberg, premio Nobel de física en 1979)

(La gente buena obra bien, y la gente mala comete fechorías. Pero para que una buena persona cometa una fechoría – para eso se tiene que meter la religión de por medio)

Cierto. Se han cometido muchas maldades en nombre de la religión. Pero, para ser justos, también se han hecho muchas buenas obras. Un buen hombre puede cometer una maldad en nombre de su religión, pero es igualmente cierto que mucha mala gente ha hecho muchas buenas obras porque su religión se lo pedía.

Todo el mundo piensa de sí mismo que, en su interior, es una buena persona. Incluso los peores criminales lo creen. Y siempre, siempre, justifican sus crímenes con una “causa mayor”: la droga, la necesidad económica, “la sociedad ha sido injusta conmigo”, “tuve una infancia difícil”, “mi padre me maltrataba”, “soy un enfermo mental”, “no puedo controlar mis accesos de ira y necesito tratamiento”, “ella me provocaba”, etc. etc. Y también están las “causas mayores” de tipo ideológico y religioso: la patria, la moral, el partido, la raza blanca, Dios … sí, ciertamente, una mala persona puede matar a uno, a dos, a tres… pero para matar a miles, a millones, para eso hace falta Dios, la patria o el partido…

Estos días he estado leyendo un libro sobre los juicios de Nürnberg, un tema que siempre me ha apasionado. Una vez más me enfrentaba a las biografías de unos hombres que, en la mayoría de los casos eran, fuera del ámbito de la política o de su militancia nazi, grandes personas, buenos padres y buenos esposos, educados y amantes de la cultura, varios de ellos religiosos, benefactores de su comunidad y que, sin embargo, habían participado, algunos de manera muy directa (Hoess, el director de Auschwitz, es el mejor ejemplo, excelente padre, marido, etc.) en los crímenes masivos más horrendos de la historia de la humanidad. Y todo ello en nombre de la patria, la victoria en la guerra, la nación alemana, etc. etc.

La buena noticia de todo esto es que casi todo el mundo, todos excepto los psicópatas, pueden encontrar un rastro de “bondad” en sus corazones. Existe indudablemente una “moral natural”, genéticamente heredada, una “voz de la conciencia” innata, que hace que hasta los peores criminales sientan la necesidad de justificarse a sí mismos recurriendo a circunstancias y presiones externas, bajo el principio de “era necesario como mal menor para conseguir un bien mayor”. Todos los encausados en Nürnberg, según el testimonio de quienes más directamente los trataron (traductores, abogados, curas cuando los pidieron) mostraron en su intimidad arrepentimiento y remordimientos de conciencia, incluso Hermann Göring, independientemente de que en el estrado cada uno montara el numerito hipócrita que montara para salvar su pellejo. Hubo arrepentimiento sincero. El hombre es, naturalmente, bueno.

La mala noticia es que detrás de cada oportunidad de cometer una maldad hay, además de un supuesto servicio a una “causa mayor”, una oferta de poder: el malo domina al bueno. Allí donde hay una escala de poder la maldad siempre gana. Y pocas cosas hay más irresistibles para los humanos que el poder. Cualquier “causa mayor” que lleve a él se dará por buena, y servirá como “amparo religioso-ideológico-cultural” para cualquier fechoría.

Friday, October 20, 2006

Amarguras

Si de algo me siento orgulloso (vanidad, todo vanidad) es de no ser un amargado.

Cada vez noto más a la gente que trabaja a mi alrededor y que está amargada. Será cuestión de la edad de los que me rodean, que ya suele ser de cuarenta para arriba, y de lo competitivo de mi trabajo, donde todo el mundo se afana por subir un escaño más en la escalinata regia de su vanidad. La crisis de los cuarenta, supongo: se hace revisión de la propia vida, de lo conseguido y de lo que no se va a conseguir ya, y una porción significativa de la humanidad del mundo rico y feliz decide que no está contenta con su lote, y comienza la amargura. Al principio sólo se manifiesta una cierta actitud de superioridad, de “yo ya lo he visto todo en la vida”, luego esa superioridad se transforma en desdén, en disciplencia, en fases posteriores, allá por la cincuentena, los ves abonados al cinismo y al sarcasmo, quejándose de todo y hablando mal de todo el mundo a sus espaldas y por último, cuando se acercan a la jubilación y ya lo dan todo por perdido, se convierten pura y simplemente en unos amargados.

Los amargados también se manifiestan en toda su gloria en la “blogosfera”. Escriben casi siempre sobre lo mal que les trata la vida, sus amigos, sus parejas, su familia, sus compañeros de trabajo … y cuando no tienen “tema” a su alrededor, se lo buscan fuera, y entonces escriben para criticar a Zapatero, a Bush Jr., a Letizia con zeta o a quien se ponga a tiro. Son gente que lleva la mala leche dentro, que necesita excusas para sacarla y desahogarse, y que las busca y las encuentra en este “asqueroso mundo” en el que vivimos. Se desayunan todos los días con Fedeguico o con San Iñaki Melamondo y van haciendo mala leche contra el contrario, luego llegan a sus trabajos y siguen descargando mala leche contra el mundo que tan mal les trata, vuelven a casa y ponen el telediario sólo para confirmar que tienen razones sobradas para cabrearse contra todo y contra todos, después amargan a su pareja con sus penas o, peor todavía, se amargan con las penas de sus parejas… y por la noche se ponen a escribir en el “blog” y ¡ale!, a destilar la mala leche…

Un pequeña minoría, entre la que me incluyo, está cada día más contento con su vida y es feliz.

He tenido una enorme suerte en la vida, pero mi falta de amargura no es de nacimiento. Me la curré. Llegó un momento en mi vida, hace unos años, en que cargaba tanta amargura en la mochila que llegué a pensar que nunca volvería a ser feliz. Me encerré en casa más de un año, casi dos, lloré todo lo que tenía que llorar, pasé página de todo. Y me di cuenta de que sólo tenía dos opciones: o bien pasarme el resto de la vida amargándome por todo lo que había sufrido, había perdido y no volvería a tener o… aprovechar los años que me quedan y disfrutar al máximo de lo poco que me había quedado.

Y es cierto que las heridas siempre quedan ahí. Es una tontería eso de que se puede empezar de nuevo otra vez: seamos serios, el pasado siempre está ahí, y el futuro tampoco es el que tenía cuando tenía veinte años. Pero por eso no me pienso amargar. No pienso decir tonterías del tipo “me queda mucho por vivir” o “lo mejor está por llegar” porque es obviamente falso, mi juventud ha pasado, mi oportunidad de fundar una familia estable ha pasado, tantas cosas en mi vida ya no van a tener una segunda oportunidad … Pero por eso no me pienso amargar. Ni siquiera me voy a plantear todas esas tonterías. El balance de mi vida es, en su conjunto, abrumadoramente positivo. He tenido una enorme suerte, mucha más suerte que la mayoría. ¿Y me voy a amargar yo la vida porque haya tenido algo de mala suerte, o porque al resto del mundo no le vaya tan bien como a mí? ¡Y una mierda que se coman todos los amargados del mundo!

Me siento como el niño que sale al recreo del colegio. Vengo de estar encerrado en clase, muchos años, y salgo corriendo y berreando al patio. Procuro disfrutar cada minuto de mi libertad. Puede que tenga que volver al encierro, y sin duda volveré, porque la vida nos guarda a todos una ración de amargura y seguro que la mía no ha terminado. Pero ahora no pienso en eso. Sólo disfruto.

Y parece que al maestro se le ha olvidado tocar la campana, porque este recreo parece que no se acaba nunca…

Wednesday, October 18, 2006

Suplemento de bobalización

Una amable lectora, maestra de profesión, me manda el siguiente artículo que salió ayer en el suplemento de educación (de bobalización) del periódico “El País”de España. Es un fantástico ejemplo de hasta dónde ha llegado la bobalización en el sistema educativo español. Comento algunos pasajes seleccionados. El título del artículo: Un bachillerato que pese menos: La idea de dividir en tres cursos la secundaria superior se abre paso en la comunidad educativa.

Cito:
“Ya hace algunos años que el sindicato UGT viene proponiendo un bachillerato que divida en tres años la carga académica en lugar de los dos actuales. Lo plantean para aquellos alumnos que tienen dificultades para completar esa etapa, de forma que no abandonen los estudios y puedan disponer del título al final. Esa propuesta la ha hecho suya hace un mes la Generalitat de Cataluña en un documento en el que se abordan los problemas de la secundaria no obligatoria, y ahora UGT quiere que se contemple en todas las comunidades, una idea que no incomoda en el Ministerio de Educación.”

O sea, vamos a hacer dos bachilleratos: uno, dos años, para los “listos”, y otro, el mismo pero en tres, para los “tontos”. ¿No sería más lógico que los “tontos” se dedicaran a otra cosa (por ejemplo, a la formación profesional, que tanta mano de obra cualificada falta en España)? Y, ya puestos, podemos hacer también carreras universitarias para listos y, las mismas, pero durando el doble de años, para “tontos”… (si usted fuera al médico, ¿qué médico le gustaría que le atendiera, el que hizo la carrera con los listos, o el que hizo la carrera en el doble de años con los tontos?¿con qué cirujano se operaría?¿Y qué maestro querría para sus hijos, el de la carrera de los listos o el de los tontos? ¿y qué abogado querría? ¿y a quién confiaría su dinero?)

Cito:
“Se trata con ello de reducir las cifras de abandono en esta etapa: un 30,4% de los jóvenes entre 18 y 24 años no tienen título de bachillerato, un porcentaje que sólo superan Portugal y Malta en la UE.”

O sea, que no se trata de que aprendan más y mejor, sino de que no haya cifras tan malas que nos dejan en ridículo en Europa.

Cito:
“El abandono prematuro de los estudios es desigual por comunidades, desde el 12% del País Vasco hasta el 31% de Cataluña o el 46% de Baleares.”

¡Coño! Así que los vascos son más listos, será el jodido “rh”, y el “seny” hace a los catalanes más tontos, y en Mallorca ni te cuento, con tanto alemán borracho por ahí quién se concentra en estudiar….
Ahora que lo pienso, a ver si va a ser otra cosa. ¿A que va a ser que en Cataluña se invierte menos en educación que en el País Vasco? ¡Acabáramos! ¡Qué descubrimiento! Pues va a ser eso: País Vasco, Navarra, Rioja y Aragón tienen el menor índice de fracaso escolar y el mayor porcentaje de estudiantes y licenciados universitarios por habitante. Y también son los que más invierten, por alumno, en todos los niveles de la educación. O sea, que el problema de España y de Cataluña y Mallorca en concreto puede resolverse no “bobalizando” más todavía a los sufridos alumnos catalanes, sino invirtiendo más y mejor en educación, como hacen sus vecinos del oeste y del resto de Europa.

Y cito:
“En otros sindicatos, como el CSIF, también están por una prueba que homologue los estudios recibidos por todos los bachilleres y creen que es conveniente que esta etapa se estudie en tres años "porque el bachillerato actual está muy comprimido". No les importaría si para ello se utiliza un curso antes o uno después, robándolo a la ESO o a la universidad.”

O sea, que los alumnos españoles vayan a la universidad un año más tarde que en el resto del mundo. Lavemos la vergüenza de ser el país con más fracaso escolar de Europa (y el que menos invierte en educación, junto con Portugal y Malta, Andorra nos gana) con otra mayor todavía.

Bobalización: ese proceso que se da cuando, frente a los problemas causados por la estupidez (falta de inversión en la enseñanza), se proponen soluciones más estúpidas todavía.

Por si a alguien le quedaba alguna duda de que las cúpulas del poder y, más en concreto, de la educación y de los sindicatos, hace tiempo que están ya en manos de bobos.

Monday, October 16, 2006

Bobalización (I)

En el número de esta semana de “The Economist” se incluye un “dossier” especial sobre la falta de talento que asola al mundo empresarial, en lo que ya es una crisis global de talento. Talento: inteligencia racional y emocional, creatividad, iniciativa, capacidad de innovación y de aprendizaje, de trabajo en equipo, de toma de decisiones, de compromiso, etc. Las empresas están librando una lucha encarnizada por contratar y mantener al personal de más talento, que cada vez es más escaso. Y, puesto que la revista no entra a valorar a fondo las causas de la falta de talento (síntoma de bobalización: se analizan los efectos, pero no las causas) o, por qué no decirlo, del incremento de bobos ilustrados con numerosos “masters” y títulos universitarios que son unos inútiles integrales y que poco a poco van copando puestos de responsabilidad, me permito apuntar algunas posibles causas:

- Los principios pedagógicos conductistas que se han ido imponiendo en todo el mundo occidental como la panacea educativa. No importa tanto lo que el niño “sabe”, sino “lo que sabe hacer”: se trata de formar “técnicos en” lo que sea, y no pequeños científicos infantiles que, ante un problema difícil, sepan aplicar no sólo su “talento” (inteligencia, creatividad, capacidad de innovación, etc.) sino también los principios teóricos aprendidos que, como buenos técnicos, no tienen. “Menos teoría, más práctica”, ¡ja! Además se descarta la posibilidad de que haya niños con menos talento (tontos, en la terminología antigua, o simplemente vagos que prefieren jugar a estudiar, vamos, lo que ha pasado toda la vida), no, no hay niños tontos ni vagos, sólo niños “no motivados” que necesitan “más atención” o “metodologías diferentes”. Y puesto que si el crío no aprueba la culpa no es suya sino del “sistema” que “no se adapta a sus necesidades”, en aras de la “socialización” del niño no se permite que repita curso, ni siquiera que se pase el verano empollando, pasa curso aunque sea un completo ignorante.

El resultado: los niveles académicos de las escuelas e institutos bajan y bajan para acomodarse a la “socialización” de los alumnos menos talentosos, los más talentosos se aburren y se desmotivan, y además se les da una formación donde la teoría y, por consiguiente, la reflexión (creatividad, innovación, resolución de problemas, investigación, etc.) cada vez tiene menos peso frente al “saber hacer”.

- En la universidad la situación empeora: carreras tradicionalmente reservadas a la élite intelectual, como Matemáticas, Física, Química, tienen cada vez menos y menos alumnos, en España menos de la mitad de los que tenían hace sólo diez años. Y de las letras para qué hablar … todo lo que sean Ciencias o Letras “puras” está bajo mínimos. ¿El motivo? Obvio: la lección que se aprende en el instituto es que todo lo que sea teórico “no sirve para nada”. Por el contrario, los estudios “aplicados” están a reventar de alumnos, particularmente ingenierías y empresariales. En estos centros la formación es cada vez menos teórica y orientada a la reflexión, y más práctica. El colmo del éxito, en esta filosofía de la enseñanza (que no del aprendizaje, que es opinable lo que aprenden estos alumnos) es que los alumnos se especialicen en algo muy, muy concreto. Parece que si uno no es un especialista, “no sabe nada”. Y si esa especialidad tiene un reflejo en un puesto de trabajo concreto, mejor. Como en el instituto, de lo que se trata es de formar “técnicos en” algo, garantizar que el licenciado “sabe hacer” lo que se supone que va a necesitar en un puesto de trabajo que le está esperando. Esto, que antaño se llamaba “formación profesional”, ahora se llama “formación universitaria”.

- El problema estalla cuando finalmente se accede a un puesto de trabajo. La educación, por muy al día que esté, nunca puede mantener el paso de la innovación en cualquier profesión, por una mera cuestión temporal: primero se innova, luego se aplica profesionalmente la innovación, finalmente se enseña … pero cuando se llega a la fase de enseñanza en los programas oficiales, ya hay nuevas innovaciones en marcha en los ámbitos profesionales. Por lo tanto, cualquier cosa que nuestros “técnicos” hayan podido aprender en la universidad quedará obsoleta en pocos años. Y entonces se enfrentarán a nuevos problemas que resolver, nuevas técnicas que dominar, nuevas soluciones que ofrecer, nuevos campos que investigar … pero, claro, esto no es lo que habían aprendido en el colegio. En el colegio aprendieron a “hacer” y a “aplicar”, pero no a “pensar”, menos todavía a “crear”, a “investigar”, a “resolver” problemas que no eran de solución aparente e inmediata. ¿Dónde quedaron los inteligentes, los creativos, los innovadores, los que tenían capacidad de esfuerzo, de superación, los que buscaban retos intelectuales, esos alumnos que yo conocí que no dormían por la noche si no encontraban la solución a un problema teórico que les planteaba su profesor…? Todos esos se van quedando por el camino, hastiados por la mediocridad de lo poco que se espera de ellos, y van poco a poco uniéndose al rebaño de los “técnicos en” lo que sea. Y aunque los talentosos más tarde en la vida intenten retomar el camino del esfuerzo intelectual, se encontrarán entonces con que, sin esas materias teóricas tan áridas que el sistema educativo les ha escamoteado, no tienen las herramientas necesarias para reciclarse intelectual y profesionalmente y para afrontar los retos de la innovación continua.

Talento: inteligencia, creatividad, profundidad, capacidad de innovación, de esfuerzo, de superación, de resolución de problemas, compromiso … términos olvidados en la escuela actual, donde sólo se habla de “capacidades” (saber hacer) en vez de inteligencia, de “aprendizaje orientado a fines” en vez de reflexión teórica e investigación, de “socialización”, de “convivencia”, de “interculturalidad”, de “valores solidarios”….

La pedagogía conductista, el experimento de la rata de Pavlov aplicado a humanos. La rata es tonta, pero aprende a conseguir el queso. Los niños y los jóvenes convertidos en animales listos, al nivel de las ratas: salen tontos de la universidad, pero han aprendido a “hacer algo”. Hasta que les cambian el queso de sitio. La escuela y la universidad, una piedra angular del actual proceso de bobalización.

Tuesday, October 10, 2006

Aprendiendo a perdonar

Me ha llegado que una persona a la que aprecio mucho, que quiero de verdad, sin intereses de por medio, con la que he sido generoso en contra de mi propio provecho, ha hecho un comentario muy cruel sobre mí a mis espaldas. Muy cruel y muy gratuito.

Duele, duele muchísimo, joder. Me ha dejado hundido. Hundido y enrabietado. Estoy alternando entre el deseo de meterme en casa y no volver a salir nunca más y el de coger el teléfono y cantarle las cuarenta. Devolverle el golpe. ¡Joder, qué mundo más asqueroso!

Pero, por otro lado, ¿de qué serviría? El odio sólo genera odio. No voy a arreglar nada así, más bien al contrario, no haré sino extender el odio. Ni me haré ningún bien a mí mismo: seguiré odiando.

Estoy haciendo esfuerzos por perdonar. Y lo estoy haciendo de esta manera:

En primer lugar admitiendo que, si me ha dolido, es porque la crítica era en parte cierta. El que se pica ajos come, y el que se cabrea peca de orgullo. Vanitas vanitatis.

En segundo lugar, reconociéndome a mí mismo que yo no soy perfecto y que lo mismo que me ha hecho esta persona lo he podido hacer yo alguna vez. Soy demasiado radical, demasiado extremista en todo. Y también en mi trato con la gente. Creo en el bien y en el mal y, consecuentemente, divido a la gente entre buenos y malos. Y debería entender que hay buena gente, muy buena gente que alguna vez se pueden dejar llevar y pueden tener un mal día. A mí también me pasa, se me puede calentar la boca, o me descuido, o me levanto con el pie cambiado. Claro, es cierto que soy exigente conmigo mismo, que cuando me pillo en un renuncio me “castigo”, y tiendo a querer hacer lo mismo con los demás. Pero eso no es justo. Además, tengo que aprender a no etiquetar a la gente de una manera tan drástica. Sé muy bien que en el pasado he cometido algún error de bulto por no saber distinguir entre “un mal día” de alguien y el resto de su personalidad, y yo también he hecho daño colgando etiquetas, como la que me han colgado a mí.

Y además, ¿quién soy yo para juzgar? Sí, hasta cierto punto es inevitable, uno tiene que elegir quién le acompaña en la vida y quién no. Pero una cosa es elegir y otra muy distinta condenar y castigar. Y además, si he de elegir, tengo que tener en mente el punto anterior: valorar no sólo el “fallo” cometido, sino todos los buenos momentos y las cosas que me ha dado esta persona. A la que, insisto, admiro y quiero fraternalmente. Sí, por eso ha dolido tanto. Pero por eso mismo tengo que entender que esta persona no merece mi odio sino todo lo contrario.

Por último, tengo que repetirme mucho eso de que el odio genera odio. Pero en cualquiera de las dos direcciones. Porque si esta persona me ha dado esa puñalada por la espalda, si ha sentido ese odio cruel contra mí, no puede haber sido gratuito (es lo que más me duele, que pienso que ha sido absolutamente inmerecido). Tiene que ser porque yo he hecho algo que lo ha provocado, y no me he dado cuenta. Vamos, que yo no debo de tener el “corazón tan blanco” como quiero pensar. Supongo que lo que debería hacer es hablar con esta persona, preguntarle qué le he hecho y pedirle perdón, porque desde luego sea lo que sea no lo he hecho con intención, me tendré que repetir mil veces que yo también a veces tengo un mal día … pero no lo puedo hacer, porque no quiero ni puedo permitir que se entere de cómo me ha llegado a mí la historia.

En fin… aquí me desahogo. Hay que ver cómo consuela esto de coger el portátil y ponerse a escribir. La próxima vez que nos veamos o hablemos intentaré ser extraordinariamente amable y cariñoso, ya que no puedo abordar el asunto de frente espero que eso sirva como una petición de perdón implícita y se le borre cualquier cosa que haya podido hacerle.

Cuánto me cuesta perdonar. Cuánta vanidad, cuánta vanidad.

Sunday, October 08, 2006

Madrugada de domingo

Todos tenemos un momento del día, y para mí ese momento es el amanecer. Es el momento del día en el que estoy más lúcido, y siempre lo aprovecho para trabajar y para leer.

Por contra, si ese momento se adelanta indebidamente y me despierto a las cinco, como hoy, y estoy demasiado soñoliento y demasiado vago como para levantarme y ponerme a leer en esta fría mañana de otoño, y me quedo en la cama dando vueltas, mi mejor momento del día se puede convertir en el peor. Vuelve todo mi pasado, los por qués y los por qué no, los futuros que ya no son posibles, los para qués y para qué no.

Y si, además, lo que me despierta a las cinco de la mañana son los vecinos follando, la lagrimilla es inevitable.

Qué rara es la vida. Yo nunca pensé que mi vida sería así. Yo estaba hecho para ser el vecino de otro: casado toda la vida, con una buena persona, en una relación cada vez más profunda e íntima y follando de madrugada. Bueno, ya hace años que superé la fase de las lamentaciones y afortunadamente ya me he acostumbrado a la vida que llevo y me he hecho a la idea de que esa relación profunda no aparecerá en el futuro, en el mejor de los casos iré saltando de frustración en frustración, en el peor tendré muchos despertares como éste, pero…

... en estas madrugadas, echo de menos muchas cosas. No el sexo exactamente, eso siempre se puede conseguir. Echo de menos el cariño de antes, los besos, echo mucho de menos los besos, las caricias, las complicidades, la generosidad, los besos, las caricias, el abrazo de después, la conversación, los besos, las caricias, quedarse dormido…

No me queda otra que levantarme de la cama, coger el ordenador y ponerme a escribir, a ver si se me pasan las nostalgias y puedo salvar el domingo.

Pero qué polvo han echado, joder. Y cómo me ha dolido cada gemido. Qué suerte tienen, empezar el domingo así.

Qué rara es la vida.

Thursday, October 05, 2006

Dudas y buena fe

La inteligencia es la facultad que nos permite ser conscientes de que las apariencias pueden engañar. Engañar es una manera de ejercitar la facultad de la inteligencia. Los tontos mienten mal. Cuanto más inteligente, mejor se miente. También a uno mismo.

La sinceridad consiste en no mentir a los demás. Es también un reconocimiento implícíto de que existe capacidad de comunicación con la inteligencia del otro a un nivel de igualdad, es decir, no hay una inteligencia superior (la del mentiroso) que está jugando con una inteligencia inferior (la del engañado).


Y si decir la verdad es un acto de comunicación y es cosa de dos es, por lo tanto, lógicamente imposible ser sincero con uno mismo. Sería tan absurdo como que cada uno evaluara su propia inteligencia. No es posible si no es con referencia a algún “test” externo o comparándose con la inteligencia de otro. Como si uno se examinara a sí mismo de matemáticas, se corrigiera él mismo el examen y, lógicamente, se pusiera un “diez”, todo perfecto. No, para engañar o para decir la verdad hacen falta dos, no es posible un acto de comunicación con uno mismo, y “sincerarse” con uno mismo no es ni decirse la verdad, ni tampoco engañarse: es, simplemente, repetirse y reiterarse.

Con uno mismo no cabe la sinceridad, que es imposible. Sólo cabe el deseo de ser sincero. No cabe un acto de comunicación, sino una virtud: la buena fe.

La sinceridad parte de la certeza: uno tiene una verdad y la comunica. La buena fe, sin embargo, parte de la duda: uno no tiene la certeza, pero tiene el deseo de encontrarla.

Al grano:

En esta sociedad saturada de comunicación, en la que todo el mundo se siente con el derecho y casi el deber de decir lo que piensa a todo el mundo, “su verdad”, y donde todo el mundo cree absurdamente que lo que piensa de sí mismo (su sinceridad consigo mismo) es “la verdad” y quiere convencer a los demás de ello, sobra sinceridad, mucha sinceridad, que se meta todo el mundo su sinceridad por donde le quepa, y falta buena fe: la duda inteligente y el deseo de encontrar la verdad.

Cuando uno deja de engañarse a uno mismo y a los demás y, en vez de ello, practica la buena fe en vez de la falsa sinceridad, se da cuenta de que el único acto honesto que es posible con uno mismo es la duda.

Tuesday, October 03, 2006

El pregonero

De orden del señor escribiente de este "blog", y ante el tonillo moralista que parece que coge de vez en cuando el “blog”, y para evitar malentendidos, se hace saber:

- Yo no sé (aunque tengo mis sospechas) por qué otra gente escribe “blogs”, supongo que hay motivos varios. Éste es distinto, creo: en realidad no lo escribo para ser publicado, mucho menos para tener lectores, sino que lo escribo para mí. Pretendo que sea un diario donde dejar escritos pensamientos e ideas que necesito recordarme a menudo. Mi idea es que pueda leer lo escrito cada poco tiempo, estudiarlo como si de un manual se tratara, examinarme a mí mismo del temario, progresar en ciertos caminos de mi vida…. De hecho, leo de vez en cuando el “blog” antiguo y me sirve de mucho.

- Por eso aquí no se imparte doctrina ni se sienta cátedra. Lo que escribo es, insisto, para inculcármelo a mí mismo, que yo soy el mayor pecador de los vicios que denuncio, y no espero que valga para nadie más. Tampoco entro en discusiones con los comentaristas sobre quién tiene razón o quién no: me da igual. Yo aquí sólo hablo de mi vida y de lo que “a mí me funciona”, y no hablo de la vida de nadie más.

- Si lo publico es por dos motivos: en primer lugar, por lo que me puedan aportar los comentarios. No entraré en discusiones enconadas pero la opinión de otros sí me importa porque me aporta (me ha salido rimado). En segundo lugar porque, si lo que yo pienso le aprovecha a alguien, pues que le aproveche.

- No tengo enlaces a otros “blogs”, ni contadores de visitas, ni nada de eso. Si hay lectores que no comentan me da igual que haya diez o diez mil, me interesan los comentarios, no llegar a mucha gente para “extender mi doctrina” o para engordar mi vanidad. Tampoco pongo enlaces porque no quiero que me enlacen a mí. Me gusta pasar desapercibido en mi vida cotidiana y quiero que sea así también en la “blogosfera”.

- Mi vida y mis intereses son muchísimo más amplios que los que aquí muestro. Lo que sucede es que el resto de mi vida no necesita aclaración ni me plantea problemas, y por eso no la "discursivizo", simplemente la vivo. Sería un error imaginar que soy un tipo que vive dándole a la pelota a todas horas atormentado por dilemas morales. No, todo lo contrario. Lo que sucede es que cuando se me plantean dudas escribo y me las resuelvo. A mí mismo, nada más. Para poder pasar página. De ahí el título del "blog": adiós a mí mismo.

Pues eso. Sed bienvenidos.

(toque de corneta, redoble de tambor, y el pregonero sigue su camino)

Sunday, October 01, 2006

Casados y casadas

Me cuenta una amiga "bloguera" que la "blogosfera" está llena de hombres casados buscando "plan", pocas veces de manera franca y explícita, pero sí de maneras implícitas, no negando nunca su condición de casados pero abriendo interrogantes sobre la misma, negando al principio cualquier intento de relación sexual pero dejando las puertas totalmente abiertas a cualquier otro tipo de relación, flirteando, iniciando amistades íntimas que bordean el romance y, finalmente, cuando ya se plantea el dar el último paso, amparándose en la excusa, tan vieja como la humanidad, de "mi mujer no me entiende, pero tú sí, mi matrimonio va mal, estoy pensando en separarme pero no sé cómo planteárselo, los niños, etc. etc."

A ver.

Lo que sí es cierto es que estos tipos son unos desdichados y unos infelices. Hasta ahí no mienten a nadie, ni siquiera a ellos mismos. Y también es cierto que piensan que otra pareja podría darles la felicidad (hasta que lo prueban, claro, y entonces, después de unos cuantos polvos, muy románticos y pasionales, eso sí, se quedan con la legítima).

Pero también es cierto que estas personas tienen una enorme inmadurez emocional. ¿Cómo se puede pensar que tener una pareja puede dar la felicidad? Tener una pareja te puede dar muchas cosas y, si las cosas van bien, grandes momentos de placer, intelectual, emocional y físico. Incluso, si van muy bien, puedes rozar el éxtasis, de vez en cuando. Pero eso no es la felicidad. Eso es el placer. Y sus altibajos. También con sus bajones a lo más profundo del desconsuelo. Pero nada tiene que ver con la felicidad.

La felicidad la tienes tú, tú solo, sin pareja, o no la tienes. Cuando las cosas te van bien, pero también cuando te van mal. Es tan simple como aceptarse tal y como uno es, tener la conciencia tranquila, el corazón puro, tomarse la vida con sentido del humor y disfrutar de todas las pequeñas cosas que la vida te regala cada segundo. La felicidad es un estado bastante infantil, en realidad, los niños son auténticamente felices, sin pareja, sin sexo, sin poder, sin dinero, simplemente jugando un partido de fútbol o bañándose en la piscina en verano. Eso es la felicidad. Y para ser feliz la única receta es saber volver al paraíso de la infancia. No es otra cosa.

Todo lo demás son buenos complementos: el cariño, la amistad, el sexo con amor (también el sexo con su puntito de animalidad, pero con el complemento indispensable del cariñín de después), las actividades juntos, el aprender el uno del otro… todo eso está muy, pero que muy bien pero, insisto, eso es el placer. Y cuando hay algún problema en la pareja, el dolor. Pero nunca la felicidad. La felicidad la tienes tú antes de abrir los ojos por la mañana y ver que hay una pareja estupenda durmiendo a tu lado, no después.

Yo no tengo pareja y soy feliz. Si la tuviera, pues vale, me lo pasaría mejor, tendría muchas cosas que ahora echo de menos: complicidades, conversaciones, cariños, apoyo emocional, sexo, etc. Pero no sería ni más ni menos feliz de lo que lo soy ahora.

Quien no es feliz con su pareja no lo será con ninguna otra. La única excepción son aquellos a los que su pareja les hace la vida imposible, que también los hay. Pero esos lo tienen claro: saben que es mejor vivir solo que mal acompañado y, consecuentemente, se separan. ¡Y no necesitan de una nueva pareja para disfrutar de la felicidad de su nueva soltería, todo lo contrario! Dedican tiempo a disfrutar de su reencontrado bienestar en soledad y después, si se presenta la oportunidad, se emparejan de nuevo.

El resto, esos hombres (y mujeres) que siguen con sus parejas mientras encuentran otra cosa mejor, ay, ay, ay… no hay mentiroso mejor que el que se cree sus propias mentiras. Estas personas tienen el "síndrome de Don Juan". No se enamoran nunca de sus parejas, sino que viven "enamorados del amor", buscando la pseudo-felicidad que el subidón emocional y sexual del nuevo romance les da. Y cuando el subidón baja o cuando sienten que tampoco en la nueva pareja encuentran la auténtica felicidad, la alegría profunda y tranquila que te da el estar contento contigo mismo, entonces van a por una nueva pareja. O a por una pareja simultánea … Don Juan, como Casanova, a pesar de las vulgarizaciones a las que ha sido sometido en el cine americanco, nunca fue un héroe cómico y festivo, sino que siempre fue un personaje trágico y atormentado.

Señoras y señores: cuando se planteen tener un lío con una persona casada, tengan la seguridad de que los mismos cuernos que su lío le está poniendo a su legítima o legítimo, se los pondrá a usted en el futuro. Eso, si no se los está poniendo ya con una cuarta persona o, sin ir más lejos, ¡con su legítima pareja! Estos jugadores a varias bandas sacan provecho de todas las partidas que juegan. Es posible que su "legítima" les esté engañando también, pero más probable es que el pobre o la pobre esté bajo el chantaje emocional del "donjuan": notando que su pareja está frío y distante con ella (y es imposible que eso no se note, sobre todo que no lo noten las mujeres, que son más intuitivas) se desviven porque la relación vaya mejor. Y ahí el "donjuan" o la "donjuana" tiene su jugada maestra, dos parejas siendo engañadas, las dos pujando por su amor, y él o ella haciéndose la víctima con ambas.

La literatura, todo está escrito y descrito en la literatura …